…CUANDO CALIENTA EL SOL…


Así comienza esta historia en una radiante tarde de playa con gente muy diferente que bajo el calor se divierte, pero algo en común tienen, se les nota la alegría y cada uno con su estilo busca como pasar un buen día.

Por allá viene un cachaco, embadurnado como mimo, con pantaloneta de terlenca más apretada que quincena de mínimo, lleva un esqueleto coqueto que le saca la barriga y media blanca motosa que le llega a la rodilla. Se ve que quiere fiesta y la empieza con un sancocho, después necesita siesta y se envuelve entre un chinchorro, antes de poder bailar las canciones de Joe Arroyo.

Por la ruta del sol viene un rubia despampanante, arrasando miradas golosas de aletosos machos alfa y sofocadas mujeres celosas. Lleva un diminuto vestido con estampado llamativo que le permite broncearse desde lo innombrable hasta el apellido, carga un abanico, unas gafas, un sombrero, un labial, una gran toalla, literatura light con los chismes de moda y entre una maleta un perro guardian con rulos y una pañoleta al cuello con el mismo estampado del Bikini que a media playa incomoda.

Bajo una manga esta el costeño, jugando de local, para él, un día ordinario, oyendo vallenatos con todo lo que le da el picó, mientras tararea y silba va jugando dominó.

“Masaaaaje para ese hombre bello, trencitas para usted mamasita” y cualquiera que pare bolas o  se deje coger la mano termina más estrujado que luchador de sumo,  oliendo a aceite de coco y sin importar si es calvo o mechuda, sus cabezas quedan con coloridos enredos y con mirada achinada pasando de mirar a sospechar. Ese es el trabajo de una gigante señora con más actitud y sonrisa que talento que sin darse cuenta en minutos se lleva el billetico y el aliento.

A lo lejos se oye un grito, entre recocha y risas es el vendedor de playa que destreza ofrece la escarlata intensa, “Llego la gran recompensa, la más dulce y burbujeante. Llegó la digna representante de la gran alegría caribe. Porque el que la toma vive un instante muuuuy refrescante” Tome la Kola Román, tome la alegría de siempre, tome la escarlata intensa, porque el que la toma siente que su vida se refresca.

El cachaco brincó de la hamaca y a lona fue a parar; la rubia por salir corriendo olvidó la parte de arriba de su vestido amarrar. El costeño mando las fichas lejos y por encima de unos turistas quiso pasar; derrumbó un castillo de arena, metió la pata entre un balde, salpicó de agua a un abuelo y un bastonazo lo mandó pal suelo.

La estilista y masajista una arepa e’huevo sacó, las monedas de su bolsillo contó al vendedor de la playa un grito le pegó. Todos querían tomar una, algunos pidieron de a dos y esta es la historia en la playa donde Kola Román a todos refrescó.